Colm Tóibín: «La emoción nacionalista ignora los problemas sociales»

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BarcelonaActualizado:

Andreu Jaume, editor de la antología «Madres e hijos» (Lumen), considera a Colm Tóibín (Enniscorthy, 1955) un heredero de Henry James en el «intento real de representar la vida»; sitúa al irlandés entre los autores que rescataron la novela «jamesiana»: Iris Murdoch, A. S. Byatt, Cynthia Ozick o John Banville. «Como James, Tóibín es muy consciente de las diferencias que separan la novela del relato y ha sabido pasar de una a otro con la misma ambición», afirma en el prólogo.

Las trece historias, seleccionadas de los libros «Mothers and Sons» (2006) y «The Empty Family» (2010), concentran las obsesiones del escritor irlandés: relaciones familiares, homosexualidad, desplazamientos, vivencias en la España de los setenta. Entre esos temas troncales, Tóibín juzga fundamental la experiencia del desplazamiento, la desubicación, ese continuo ir y venir de sus personajes.

El cuento es una narrativa cerrada, explica: «Se parece más a un poema o una melodía. Escribir un cuento es trabajar el vacío». Relatos con protagonismo femenino en familias marcadas por las ausencias: «Las familias de mis historias están rotas. Las madres mantienen una conexión física con sus hijos. Esa conexión dominada por la dependencia se va transformando». De los cuentos seleccionados, «Una canción» fue el que escribió en menos tiempo y «La calle», sobre la relación homosexual de dos paquistaníes en el barrio del Raval barcelonés, el que le llevó más trabajo.

En estos momentos, Tóibín escribe una novela sobre la homosexualidad oculta de Thomas Mann que verá la luz en un par de años. El irlandés cree que es mejor que la homosexualidad deje los callejones oscuros y pasee a plena luz por las avenidas: «En Irlanda el primer ministro participa en el Gay Parade, también la policía de Irlanda del Norte. Hay que desligar la homosexualidad de la clandestinidad, la represión, el alcoholismo y los suicidios».

Cambios

En «Barcelona, 1975», relato autobiográfico que apareció en la revista Granta, Tóibín recrea las fiestas de homosexuales en la plaza Real de Nazario y Ocaña… En aquella Barcelona cada día deparaba una experiencia: «La ciudad era diversión a raudales. Encontré un restaurante que me gustó; algunos bares; unos cuantos amigos que hablaban inglés. Me contrataron para dar clases por horas. Me apunté a un curso de español… La superficie de la vida resultaba tan emocionante que todos nos limitábamos a encogernos de hombros ante la posibilidad de que esa marea comenzara a arrastrarnos a otra parte», escribe.

A partir de los años ochenta todo cambió: «Con la heroína y el SIDA, las calles se convirtieron en un lugar extraño y peligroso», recuerda. En el plano político, el nacionalismo clausuró toda aquella época de libertad: «Barcelona siempre ha sido cosmopolita, aunque la cuestión catalana haya puesto en el tapete la identidad nacional. El voto independentista se localiza en las zonas rurales, mientras que Barcelona sigue siendo un crisol de culturas. La emoción nacionalista ignora los problemas sociales como la vivienda y el bienestar. Es algo que no desaparecerá con el tiempo».

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