El cambio de vida de Claudia Schiffer: retirada con su marido y sus tres hijos

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Las modelos, antiguamente conocidas como maniquíes cuando exhibían creaciones de alta costura, se convirtieron en personajes populares en las revistas del ramo. Años del llamado pret-á-porter, que incluso llevaban el sello de importantes firmas. Y en ese mundo tan especial reinó Claudia Schiffer, cuando a los diecisiete años debutó mostrando una línea especial de pantalones vaqueros. Karl Lafergeld fue su principal valedor. Entre las décadas de los 80 y 90 pocas hicieron sombra a esta germana de un metro y ochenta centímetros de estatura y medidas acorde con ella. Sus rivales, si así podían considerarse aunque de cara a la galería no mostraban disensiones, eran Cindy Crawford, Naomí Campbell, Elle Macpherson…

Claudia Schiffer vive de sus mejores recuerdos en una tranquila villa de la campiña inglesa, junto a su marido y sus tres hijos adolescentes. Aun retirada, accede a veces a desfilar si algún antiguo patrocinador se lo pide. Pero más bien se dedica a diseñar ropa, cerámicas portuguesas, siempre vitalista, tratando de retrasar su inevitable envejecimiento. No parece haber llegado a ese momento, cuando aún mantiene un físico espléndido. No bebe, no fuma, procura que sus alimentos lleven la menor azúcar posible. Tampoco se excede en practicar deportes: con el tenis le es suficiente de vez en cuando para exhibir su espectacular figura, que tuve el gusto de contemplar en cierta ocasión, de las muchas que vino a Madrid.

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La habían invitado –previo paso por caja, naturalmente– a la inauguración de una tienda de alta decoración en la madrileña zona de “la milla de oro”. Y allí estaba ella, luciendo tipo. Me vi, de pronto, a su lado: quedé mirándola desde todos los puntos posibles que mi vista alcanzaba. Verdaderamente era una top-model de primera división. ¡Qué digo…! ¡De champions league! A España vino en muchas ocasiones, porque tenía una villa en Andratx, Mallorca.

Natural de un pueblecito de Renania del Norte-Westfalia, Rheinberg, no pensaba ganarse la vida como modelo sino en el bufete de su padre, que era abogado. Pero dejó colgados sus libros de Derecho y a través de una agente que se fijó en la figura de Claudia, convirtiose en poco tiempo en la afamada modelo que llegó a ser. Tímida, no le gustaba que airearan sus amores. Los tuvo de jovencita, pero el que realmente trascendió fue cuando iba del brazo del ilusionista David Copperfield, a quien conoció en una función. De espectadora aquel día, el mago la invitó a subir al escenario; pasó al poco tiempo a ser su novia y, como tal, aparecía muy contenta y sonriente en las revistas del corazón entre los años 1994 y 1999. Pero resulta que alguien descubrió que esa relación sentimental podía esconder una farsa, en la creencia de que Copperfield era homosexual. Si es así, engañaron a muchos periodistas y lectores de aquellas publicaciones rosas.

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Ella no tuvo después más amores que se hicieran públicos, porque su relación efímera con el príncipe Alberto de Mónaco sólo fue un espejismo. Nadie apostaba porque fueran a casarse, pero al principado monesgasco le venía muy bien a efectos de promoción, recordando que los padres de aquél, Raniero y Grace, gozaron de extraordinaria notoriedad, basada sobre todo en la fama de ésta como estrella de Hollywood. Pero Claudia Schiffer no pretendió nunca ocupar el mismo papel.

Salió una temporada con un play-boy, Tim Jeffries, ex de Elle Macpherson y Kylie Minogue. Hasta que en su horizonte apareció un director cinematográfico británico, Mathew Vaughn y se enamoró de él. Relacionado éste como hijo ilegítimo del mismísimo Jorge VI, aunque sólo en calidad de ahijado. Tuvo la humorada de regalarle a Claudia una tortuga en vez del tradicional anillo de pedida. La boda tuvo lugar el 22 de mayo de 2002 y desde entonces han formado una feliz familia, con tres retoños habidos en su unión. Prefirieron residir en un solitario paraje de la campiña inglesa, lejos de los centros de la moda, de la intensa vida social que la Schiffer vivió en décadas pasadas, cuando era portada de las más importantes revistas (Vogue, Harper´s Bazaar, Vanity Fair…) y de las casas que dominan el fabuloso negocio del vestir femenino (Dior, Chanel, Versace, Valentino…).

No guarda nostalgia de ese pasado. Ha contado que, como otras compañeras, recibía proposiciones indecentes: “Hay en esta profesión acoso sexual y abuso de poder“. Ella salió indemne. La acusaban de ser una mujer distante, incluso antipática, porque concluido un desfile se iba a su hotel y no admitía invitaciones de ninguna clase.

Participó en algunas películas y vídeos musicales. Desde luego en breves cometidos. El más llamativo ocurrió en Love Actually, cuyo protagonista fue Liam Neeson. El personaje de Claudia se cruzaba con él. Por sólo un minuto de trabajo cobró ¡doscientos mil dólares! Ella siempre ha estado muy cotizada y la revista Forbes estimaba que su patrimonio alcanzó los cien millones de dólares.

No le importó aparecer en las páginas de Play boy el año 1997, que solía pagar muy bien a sus “chicas conejitos”, aunque Claudia no lo fuera. Y los paparazzi, que iban tras ella un verano en el que pasaba sus vacaciones en un barco, la captaron en traje de baño… pero sin sujetador. Su busto sirvió para el reclamo de algunas publicaciones que dedicaron su portada y páginas centrales para airearlo, como Interviú, en su número 904, del año 1993.

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Claudia Schiffer, semi retirada en función de esos desfiles que realiza de vez en cuando, es consciente de que el tiempo ha pasado. Lo suficiente para saber que nada será igual que su glorioso ayer de supermodelo: “Ya no existen como lo era yo“, concluye, cuando lo recuerda.

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