Elton John no sabe decir adiós

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A veces, cuando queremos dejar de hacer algo, recurrimos a una técnica: hartarnos de eso mismo que pretendemos dejar atrás. Elton John parece haber echado mano de ello en su gira de despedida, que anoche tuvo su última cita con España en una única actuación en el WiZink Center de Madrid ante 12.000 personas. Uno de los 300 conciertos que el pianista y cantante británico tiene previsto dar, desde 2018 y hasta 2021, para quedarse empachado de la música y como culminación de una autocelebración, que ha venido acompañada del biopic ‘Rocketman’. Pero, para alguien que, como demostró en Madrid, presenta la música como única posibilidad de paraíso en la Tierra, la técnica puede acabar teniendo el efecto contrario y que no se quiera decir adiós definitivamente, tal y como se pudo intuir anoche. Los que aman su música, al menos, no lo quieren.

El marco era un escenario a partir del camino de baldosas amarillas con el que tituló su mejor disco, ‘Goodbye yellow brick road’, que en esta gira transforma el “adiós” por el “hasta siempre” (‘Farewell’). Elementos como una bandera soviética, ‘Billy Elliot’, un retrato del niño Ryan White (fallecido a causa del sida en 1990), las gafas y las botas de plataforma… y una referencia asimismo a ‘El Mago de Oz’ justo un par de días antes de que se cumplan 50 años de la revuelta de Stonewall (origen del Orgullo gay y acontecida en una reunión para llorar la muerte de Judy Garland). Elección estética todavía con más significado para él, que fue la primera superestrella en mostrarse abiertamente homosexual.

Con un chaqué de lentejuelas brillantes e iridiscentes, Elton dio comienzo a un espectáculo bastante multicolor, con sus habituales gritos fuera de micro y alzamientos extáticos. También con una voz espectacular para sus 72 años, que empujaba el ‘music hall’ para estadios que sostiene canciones como la inaugural ‘Bennie and the Jets’.

En lo instrumental, los regordetes dedos del Elton estuvieron atinados y disfrutones, arropados por una banda que abarcaba 50 años de carrera: Nigel Olsson (batería), John Jorgenson (guitarra), Ray Cooper (percusiones), Kim Bullard (teclados), John Mahon (percusiones) y Matt Bissonette (bajo).

Elton se mostró “feliz de estar en esta maravillosa ciudad” y dio las “gracias por comprar entradas: esperemos que os haga felices lo que veis y escucháis”. Entre fotos de Martin Parr (en ‘I Guess that’s why they call it the blues), vídeos a lo ‘Vidas cruzadas’ de Robert Altman (en ‘Tiny dancer’), coreografías arco iris (‘Philadelphia Freedom’) y baterías alucinantes de Ray Cooper (‘Indian sunset’, con un recuerdo a su letrista, Bernie Taupin, y a la letra que éste escribió sobre los nativos norteamericanos) se llegó a ‘Rocket man’, un viaje interestelar de volver levitando y con lágrimas en los ojos, y primera cima emocional de una noche que tendría muchas más.

‘Sorry seems to be the hardest word’, una de las baladas que sir Elton Hercules John fue alternando entre los cohetes de la velada, acabó en una exhibición de poderío vocal, antes de ‘Someone saved my life tonight’, la “canción más personal” de ‘Captain Fantastic and the Brown dirt Cowboy’ (“uno de mis discos favoritos”). Bastante turrón al principio pero con uno de esos finales apoteósicos que marcaron igualmente el ‘setlist’.

‘Levon’ tuvo otro de esos finales arrebatados, aunque esta vez más blues-rockero y desafiando la imposibilidad de bailar de la distribución (todo asientos) del espacio. Con ‘Candle un the wind’, entre imágenes de una ‘marilyn’ artificial, llegó la consciencia de que dejar atrás la estratosfera de los mortales es viajar, también, al infierno. Todo ello con el propio piano desplazándose antes del intermedio y un cambio de traje (ahora azul claro). Tras una ‘Funeral for a friend’ más propia de Liberace en Las Vegas y empalmada con ‘Love lies bleeding’, llegó ‘Burn down the mission’ y el turno de los discursos.

“En 1990 mi vida cambió”, arrancó a decir. “Si habéis visto ‘Rocketman’, y espero que todos la hayáis visto, lo sabéis. Me odiaba, mi vida no tenía sentido y estaba perdido. Pero pedí ayuda. Esa época fue la más terrible del sida, así que cuando estuve sobrio decidí crear la Fundación Elton John. Nunca pensé que llegaría tan lejos. En 1992 no había nada. Ahora nadie tiene por qué morir a causa de esta enfermedad. Aún así, aunque estemos esperando la vacuna contra ella, las farmacéuticas tienen que bajar los precios de las medicinas, sobre todo para la gente que lo necesita, que son los pobres, los discriminados. El estigma está ahí, aunque sé que en mi vida voy a ver desaparecer la enfermedad. Y a medida que me hago mayor soy más consciente de que la vida tiene esto, este extraordinario poder del amor y la compasión. El amor es la cura”.

“Una noche agridulce”

Irónico que después de aquello llegase ‘Sad songs (say so much)’ con su estúpida felicidad. Y un nuevo discurso: “Llevo 50 años de gira, un viaje increíble que me ha hecho tener la vida más maravillosa que se pueda imaginar. Y en él ha habido una constante: que siempre habéis estado ahí. Por eso, gracias, a ti que compraste mis discos o DVD, pero sobre todo a ti que te gastaste el dinero en entradas para mis conciertos, porque lo mejor es tocar para otros seres humanos”.

“Esta es una noche agridulce”, siguió diciendo las palabras que nadie quería oír en el concierto. “Es la última vez. Os echaré mucho de menos, pero tengo otra vida que vivir. Así que gracias a todos los maravillosos españoles por vuestra generosidad y cariño”.

Y, tras presentar a la banda (“la mejor que he tenido”), ‘Don’t let the sun go down on me’ y querer morirse allí mismo. A continuación ‘I’m still standing’, la canción que sirvió para poner en contacto el universo de Elton John con el actor que le acabaría dando vida en ‘Rocketman’: Taron Egerton, quien la convirtió en uno de los bombazos de la película de animación ‘¡Canta!’. Fue también una autorreivindicación de una vida resumida en las pantallas. ‘Saturday night’s allright for fighting’ dio paso a la primera despedida del público y, seguidamente, la última salida al escenario, con batín por encima de un chándal y babuchas doradas. Así brillaría ‘Your song’ y su apoteosis del romanticismo amortiguada por los tecladillos y ‘Goodbye yellow brick road’ como única materialización de una despedida (no explícita) tras dos horas y 40 minutos de espectáculo, antes de desaparecer por un hueco en la pared del escenario, como en el final de ‘El show de Truman’, ascendiendo mediante una plataforma móvil. Así es como se fue de España, en chándal, y sin querer pronunciar las palabras “adiós” o “hasta siempre”.

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