¿Es lo mismo un gay pobre que un gay rico?

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Internet nos ha hecho transversales. Las redes sociales han creado una nueva estructura que ya no se divide por clases sociales estancas, sino por el interés de amplios grupos en determinados temas.

Durante el pasado siglo, el mundo se dividía en derechas e izquierdas. O, según la versión predominante en estas últimas, en explotadores y explotados.

El feminismo fue probablemente el primer movimiento transversal de cierta relevancia. Pero en sus comienzos no contaba con los medios necesarios para desplegarse. Los panfletos y las manifestaciones de aquella época tenían un alcance muy limitado.

Sin embargo, el posterior jipismo sí alcanzó mucha más popularidad, pese a su menor trascendencia, porque para entonces la televisión ya pudo darle la cobertura necesaria. El eslogan «Haz el amor y no la guerra» y el logotipo pacifista se expandieron por todo el planeta alcanzando una notoriedad hasta entonces inimaginable.

Después de aquel fenómeno global, más vinculado a una generación que a una clase social, los grupos transversales han seguido desarrollándose a partir de las más diversas reivindicaciones. El movimiento LGBT, el feminismo, el ecologismo o el nacionalismo están desbordando los enfrentamientos verticales de antaño.

Esa es la razón por la que partidos y sindicatos están tan desorientados. Fueron creados para resolver un conflicto de lucha de clases y no saben cómo incorporar estos nuevos movimientos transversales, mucho más activos y dinámicos, a sus propios intereses.

El problema radica en la propia esencia de dichos movimientos. El socialismo tradicional diferenciaba los intereses contradictorios de los antagónicos. Los contradictorios abordaban las diferencias de criterio entre grupos similares. Los antagónicos, las de las distintas clases sociales donde siempre lo que beneficiaba a unas perjudicaba a las otras.

Ese antagonismo se ha diluido en los movimientos transversales. La reivindicación de la libertad de orientación sexual no siempre distingue entre clases sociales, ni el feminismo, ni el ecologismo, ni el nacionalismo. Hay siempre una última referencia al machismo, al fascismo, o al capitalismo para fijar el enemigo. Pero lo curioso es que machistas, fascistas o capitalistas también se integran en alguno de esos movimientos.

Lo transversal ha llegado para quedarse. Y muchos de esos movimientos tienen más posibilidades de ser revolucionarios que las obsoletas estructuras del pasado. Pero, al mismo tiempo, en muchas ocasiones encubren una realidad social todavía intacta: que la explotación del hombre por el hombre, en su sentido más genérico, todavía prevalece en un mundo esencialmente injusto.

Por eso, además de las reivindicaciones masivas, que cumplen sus objetivos, hace falta profundizar en un análisis que aúne lo transversal con lo vertical más allá de eslóganes, celebraciones y pancartas. Si no, todo se quedará en una gran fiesta en la que, como decía la canción de Serrat con ese mismo título:

«Y hoy el noble y el villano,


el prohombre y el gusano


bailan y se dan la mano


sin importarles la facha».

Una fiesta que debe abordarse exclusivamente como lo que es, un altavoz que actúa de catalizador para acelerar los procesos de transformación social. Pero esa transformación no se llevará a cabo si las manifestaciones transversales no vienen acompañadas de una conciencia política que nos ayude a diferenciar el fondo de la forma. Es la única manera de que esos movimientos, aupados por los medios de comunicación y las redes sociales, no terminen como la canción de Serrat que antes mencionamos:

«Se acabó,


el sol nos dice que llegó el final,


por una noche se olvidó


que cada uno es cada cual».

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