La maternidad bollo airea armarios (y nos encierra en algún otro)

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El primer armario

Caminamos por el supermercado y estoy de los nervios. He decidido que de hoy no pasa. Siempre he sido un libro abierto para mis relaciones; cada vez que me ilusionaba con un chico no tardaba ni un mes en contarlo en la familia y ni un año en invitarle a las celebraciones familiares. Desde hace un tiempo, mi vida sentimental es un misterio. Es muy extraño ser visible –primero como bisexual, luego como lesbiana política– en todos los espacios menos en el supuestamente más incondicional: la familia.

—Aita, te quería contar que… estoy saliendo con una chica… bueno, y más que eso, pues que creo que a partir de ahora mis parejas van a ser mujeres…

—Ah… A mí con que seas feliz, hija, me da igual que salgas con hombres, con mujeres o con caballos. ¿Entonces quieres decir que me olvido de ser abuelo?

—No, aita, salir con mujeres no me convierte en estéril.

Hace unos ocho años de esa conversación. Después tocaría la torpe y solemne conversación con mi madre, con mis tíos, con mi prima, con mi hermano –que entonces era un niño–, con mi abuelo y con mi abuela. A veces por iniciativa propia, a veces porque se enteraron y me pidieron cuentas con disgusto. “¿Es verdad eso que dicen?”. “Sí, es verdad”. “¡Pero si tú nunca has presentado indicios de homosexualidad!”, “Yo creo que ese desgraciado te hizo tanto daño que ahora ya no confías en los hombres”, “Bueno, tú haz tu vida. Pero no hablemos más de eso”.

Ya sabemos que ahí no termina la cosa, que los silencios no se disipan de un plumazo. Una evita las comidas de Navidad por no coincidir con la familia extensa. Una se enamora, se empareja, tarda en contarlo pero lo cuenta y la acogida no es la misma que antes. “¿Cómo está tu amiga?” ya es un triunfo. Cuando mi abuela la llama “tu chavala” casi se me saltan las lágrimas.

Pero el silencio también tiene sus ventajas: nadie me pregunta que el anillo para cuándo, nadie me alerta de que se me va a pasar el arroz.

El segundo armario

Todo fue muy rápido cuando conocí a S. Yo estaba a punto de cumplir los 30 años y se suponía que me había mudado indefinidamente a Managua. Nos conocimos en unas jornadas y no nos despegamos en todo el fin de semana que duró el evento. Cinco días después se venía a Bilbao a visitarme antes de mi regreso a Nicaragua. Dos meses después vendría a verme al país de los lagos y los volcanes. Tres meses después decidí regresar y otros tres meses después ya nos habíamos ido a vivir juntas y habíamos adoptado un gato. Todo un cliché.

Pero algo que no sé si es tan cliché entre lesbianas es que ese primer fin de semana en ese congreso ya hablamos de nuestro deseo materno. S. –orgullosa bollera golden y queer– me contó que siempre había querido ser madre, que no había encontrado ninguna pareja que quisiera compartir ese proyecto y que ahora que rozaba los 40 años se debatía entre iniciar los trámites de adopción como madre sola o inseminarse.

Me pregunto si existen estudios que comparen el deseo materno en heteros, lesbianas y bisexuales. Me pregunto cuál será el resultado y si habrá variado de generación en generación.

Cuando yo me signifiqué como lesbiana, hacía tiempo que se había aprobado el matrimonio igualitario. Tenía referentes, tanto cercanos como de la cultura popular. La escena de Bette y Tina (The L Word) inseminándose en casa me marcó tanto como el gesto de Shaine quitándose la camiseta. Así que, cuando mi padre me soltó ese “Entonces me olvido de ser abuelo”, me pareció un comentario del todo absurdo. ¿Qué tendrá que ver? En ningún momento se me había pasado por la cabeza que salirme de la heteronorma implicase renunciar a la maternidad. Sí implicaba, tal vez, hacerlo de una manera más libre y consciente. ¿O tal vez ya no?

En 2011 el entonces primer ministro del Reino Unido, David Cameron, dijo una frase que se me quedó grabada: “No apoyo el matrimonio homosexual pese a ser conservador. Apoyo el matrimonio homosexual por ser conservador”. El activismo queer  planteó una pertinente crítica al “matrimonio homosexual”, la adopción y la reproducción como una forma de asimilación. El sistema nos prefiere casades y procreando que en saunas o encuentros pornopunk. Es preferible que nos organicemos en familias nucleares con hipoteca, bebés y mascotas, simulando monogamia, a que sigamos probando y extendiendo prácticas sexoafectivas y familiares no normativas.

El caso es que, en los espacios lesbianistas y queer en los que me muevo, prima el discurso antimaternal. Probablemente también en los espacios feministas de mayoría hetero, donde las pocas integrantes que son madres terminan a menudo abandonando la militancia. Siguiendo la tradición de Simone de Beauvoir, buena parte del feminismo ha visto la maternidad como un mecanismo de opresión que frena nuestra autonomía y nuestra participación en el espacio público; en el caso de las lesbianas, se añade el argumento de que el lesbianismo es precisamente una forma de disidencia ante la madre-esposa. Monique Wittig dice que somos desertoras de género: ¿qué necesidad de apuntarnos voluntariamente al batallón supuestamente más alienante? Siguiendo con Wittig, si las lesbianas no somos mujeres, ¿tampoco somos madres?

Y así llegamos al segundo armario.

Después de un año de feliz convivencia, S. y yo tuvimos LA CONVERSACIÓN. Y empezamos a dar pasos:

1-. Informarnos en un centro de atención a personas LGTB sobre las distintas formas de acceder a la maternidad. Conclusión rápida: si no pasamos por el aro del sistema, el sistema no nos reconocerá a las dos como madres.

2-. Pedir a la médica de cabecera que nos derive a la unidad de reproducción humana del hospital público.

3-. Esperar un año de lista de espera.

4-. Hablar mucho con amigas madres bollo y crear un grupo privado en Facebook para compartir experiencias e inquietudes. Se llama “Reproducción Invertida”.

5-. Comprar semen danés por internet para una inseminación casera, una experiencia divertida. Aprender lo desquiciante que es la famosa betaespera y lo doloroso que es un resultado negativo, aunque racionalmente lo diéramos por hecho.

6-. Casarnos. Aprovechamos la imposición heterosexista para pasar un fin de semana estupendo celebrando nuestro amor con quienes son capaces de celebrarlo. Y para irnos de viaje de novias a Nicaragua.

Entre el punto 4 y el punto 6 es donde nos vemos encerradas en un nuevo armario. Ese “hablar mucho con madres bollo” contrastó con el silencio que nos autoimpusimos en el caso del colectivo lesbofeminista en el que las dos militábamos. El consenso antimaternal nos cohibía y se dio la paradoja de que contamos las situaciones marcadas por la lesbofobia y el heterosexismo con las que nos topábamos a todo el mundo menos a nuestro propio grupo de militancia bollo. Invitaron a nuestro colectivo a participar en unas jornadas sobre gestación subrogada aportando la perspectiva lesbianista y el debate del que salió nuestra ponencia exigía empezar por conversar sobre el deseo materno: una tras otra –salvo la única que tiene una hija, de un pasado hetero– argumentaron por qué la maternidad era una institución burguesa, opresora y heteronormativa. Ahí fue cuando salimos de este inesperado armario.

Seguimos:       

7-. Someterme a regañadientes a la temida histerosalpingografía. Aprendes a decir el palabro del tirón cuando ya ha pasado.

8-. Empezar el primer ciclo de inseminación en el hospital, hormonándome a regañadientes. Y luego el segundo. Y luego el tercero.

9-. Escribir un reportaje para Pikara Magazine sobre las contradicciones que supone para una feminista invertir años, dinero, salud física y emocional en el empeño contrarrevolucionario de ser madre biológica. Lo acompañaba un cómic de S. sobre el rol de acompañante.

10-. Irme a una casa de reposo a hacer un programa de ayuno higienista, yoga y meditación.

11-. Afrontar un resultado positivo que 48 horas después se quedó en aborto bioquímico.

12-. Afrontar un nuevo resultado negativo. Culparme, claro: “Seguro que fue el estrés, no me he cuidado lo suficiente…”.

13-. Pedirme una reducción de jornada, apuntarme a chi kung, seguir las directrices de un médico naturista e intentar estar zen.

14-. ¡Estoy embarazada! A ver cómo se lo explico a mis abuelos. No fui capaz de contarles lo de la boda.

Entre la heteronorma y la visibilidad

Participé en unas jornadas de lesbianas rurales en Cáceres y me quedé perpleja cuando varias de ellas se presentaron tal que así: “Me llamo Isabel, soy de Mérida y estoy casada con Carmen”. Me dejó pensativa el orgullo con el que decían “mi mujer”. En la cena saqué el tema y me confirmaron que para ellas el matrimonio había sido una forma de legitimación social: “¿Que no nos reconocéis? Pues a mí plin, porque el Estado sí que nos reconoce. Esa a la que tan fácil era llamar ‘tu amiga’ ahora es mi mujer, pese a quien pese”.

Es otra forma de ver el asunto.

En mi caso, el matrimonio, más que motor de asimilación, fue sinónimo de conflicto y de ausencias. Mi madre decidió no ir a la boda. Pudo ser un empujón para que mi familia cercana saliera del armario con la familia extensa, pero no ocurrió así. Cuando avancé en el pedregoso camino de la reproducción asistida, mi padre me dijo algo así como “Me he dado cuenta de que, cuando vengáis al pueblo con el bebé, ya no voy a poder escaquearme”. Ha tardado cuatro años en hablar a sus hermanos de S. En cambio, cuando le conté que estaba embarazada, no tardó ni una semana en contárselo a uno de ellos: “¡Voy a ser abuelo!”.

Casarnos y procrear puede que nos heteronormativice, pero también nos hace visibles. Obliga a ciertas conversaciones –“¿Quién es el padre?”– y abre nuevos espacios de activismo: el parque, la AMPA, la consulta pediátrica.

Imagino, aunque todavía no lo he vivido, que la lesbofobia internalizada también cambia. No, no somos amigas. No, no hay padre, hay dos madres: amatxu y mama. No, no nos sirve una habitación con dos camas individuales. Somos una familia. Somos bolleras okupando –¿o recuperando?– la sacrosanta institución de la familia.

Pasar por el aro

Pero no nos casamos para legitimarnos ante la familia ni para tener 15 días de vacaciones ni para organizar una fiesta con la que celebrar nuestro amor ni para irnos de viaje de novias. Nos casamos bajo amenaza. La boda fue una celebración y, al mismo tiempo, una cesión.

Cuando una mujer hetero gesta y pare un bebé y se presenta en el Registro Civil con un hombre que dice ser el padre, no importa su estado civil ni mucho menos se les pregunta cómo concibieron a la criatura. En el caso de las lesbianas, topamos con dos imposiciones discriminatorias: si no demostramos que estamos casadas (no vale con ser pareja de hecho) y que la criatura ha nacido por técnicas de reproducción asistida, es probable que nos denieguen la filiación conjunta. En ese caso, si también falla el periplo por las oficinas del Registro Civil de los municipios cercanos, la alternativa será que la no gestante inicie una solicitud de adopción de su bebé. Hasta entonces no podrá disponer de permiso de maternidad –en realidad, todavía se llama “de paternidad”–, entre otras consecuencias. Si la pareja se separa, la adopción tampoco será una posibilidad, a no ser que acuerden fingir amor y convivencia. Unas valencianas recurrieron el requisito de certificado de clínica de fertilidad argumentando que vulneraba su derecho a la intimidad y con su pelea lograron que muchas oficinas ya no exijan ese papel, pero no todas. El requisito del matrimonio sigue siendo impepinable.

La maternidad lésbica no surgió en el siglo XXI. Estar en los márgenes implicaba falta de reconocimiento y de garantías legales. Ahora podemos maternar dentro del sistema, si aceptamos las reglas del sistema, que son más estrictas para nosotras como castigo a nuestra disidencia.

El reconocimiento a las familias homoparentales coincide con la popularización de las técnicas de reproducción asistida. España es la segunda potencia del mundo en este sector, solo por detrás de Estados Unidos. Y es el país europeo en el que se realizan más tratamientos de fertilidad al año, entre otras razones porque no se excluye a las madres lesbianas y solas y porque se permiten técnicas vetadas en otros países del entorno, como la ovodonación o la técnica ROPA. Esta última, en la que una mujer gesta los óvulos de la otra, es vendida por las clínicas privadas como el milagro científico por el que las lesbianas pueden tener un bebé “de las dos”.

El requisito de demostrar que hemos concebido mediante técnicas de reproducción asistida es un elemento disuasorio a la hora de apostar por formas de reproducción alternativas, no medicalizadas y más baratas. El lobby de la reproducción asistida se ha empleado a fondo contra el boom del semen danés –la compra de muestras de esperma por internet al banco Cryos para realizar inseminaciones caseras– alegando que contraviene el anonimato del donante que exige la ley de reproducción española (el catálogo de la empresa escandinava permite elegir las características físicas del donante y conocer datos sobre sus antepasados familiares, sus aficiones o incluso escuchar su voz en una grabación). Por otro lado, los casos de sentencias lesbófobas que han concedido la patria potestad a un donante dejando desprotegida a la madre añaden un reparo añadido a la tradicional opción de contar con el semen de un amigo.

Ese panorama beneficia y lucra a la industria de la reproducción asistida. ¿No resulta un poco problemático que nos parezca que la forma más segura de ser madres sea la medicalizada y de pago? ¿Es más probable que un amigo vulnere los términos pactados o que salgamos de la clínica de fertilidad con el cuerpo, el alma y el bolsillo hechos polvo? ¿Por qué sería tan terrible que ese donante conocido que no pedía nada a cambio plantee que quiere ejercer como padre? ¿Por qué imaginamos como traumática esa posibilidad y no, en cambio, el viacrucis que para muchas termina siendo el paso por la unidad de reproducción humana del hospital?

En nuestro caso, la del donante conocido, incluso con posibilidad de que se convirtiera en una figura de referencia para nuestra criatura que participase en su crianza, nos resultaba atractiva, pero ninguno de los pocos amigos hombres que tenemos se ofrecieron. Me pregunto si hace 20 años hubiera sido distinto. Tal vez la reproducción asistida se perciba como opción por defecto también para nuestro entorno.

Raquel Cediel, en su Libro sobre la reproducción asistida para lesbianas y mujeres solas (ed. La Calle), recomienda la inseminación casera a través de bancos de semen europeos o acuerdos con hombres conocidos de confianza. Y lo hace partiendo de la crítica hacia una industria que se está beneficiando económicamente del deseo materno de las lesbianas. También critica duramente el publicitado método ROPA.

Resulta decepcionante, aunque previsible, que, en vez de extender las prácticas de diversidad familiar y crianzas alternativas en la sociedad mayoritaria, la tendencia haya sido que en la comunidad LGTB se impongan los caminos más funcionales para el sistema.

Deseos normativos, prácticas disidentes

La mayoría de las lesbianas que hoy tienen más de 40 años han construido su identidad lésbica sintiéndose libres del mandato de la maternidad obligatoria. Esto no significa que no hayan sido madres. Hay lesbianas que han tenido criaturas en el contexto de relaciones sexuales y/o afectivas con hombres (pasadas o presentes, deseadas o impuestas). Algunas luego han compartido esa maternidad con sus parejas mujeres. Hay lesbianas que han sido madres mediante acuerdos con amigos. Y otras muchas se han involucrado activamente en crianzas, ya sea de sobrinas y sobrinos, de las criaturas de amigas o, por qué no, de animales domésticos.

Saber que las lesbianas podemos acoger o adoptar criaturas –aunque con limitaciones en el caso de la adopción internacional– y que podemos gestar y parir mediante técnicas de reproducción asistida se puede interpretar en dos direcciones: podemos celebrar que tenemos un imaginario más amplio para desarrollarnos, pero también podemos temer que ese imaginario nos devuelva a la identidad tradicional mujer-madre. Enlazando de nuevo la cuestión del deseo materno con la de la reproducción asistida, las lesbianas que en otra época nos sentíamos libres de esa presión podemos vernos en el laberinto de querer ser madres biológicas a toda costa, dejándonos los ahorros, la salud física y emocional en fecundaciones in vitro. El deseo, estimulado por el mercado, puede devenir en mandato, aunque sea autoimpuesto.

En todo caso, creo que las lesbianas feministas tenemos recursos para cuestionar nuestros deseos, para reafirmarlos si corresponde y para desarrollarlos practicando crianzas alternativas y queer. Seguro que este libro aporta a una conversación necesaria e incómoda que nos ayude a seguir cuestionando todo.

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Capítulo del libro de reciente publicación Maternidades Cuir (Editorial Egales, 2020) editado por Eva Abril y Gracia Trujillo, 2020

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