Los encierros de Capote en Palamós

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Ni los mitómanos ni los amigos de lo ajeno descansan en verano. Una llamada al Ayuntamiento de Palamós confirma la noticia que adelantó hace unos días el ‘Diari de Girona’: ha “desaparecido” la placa conmemorativa de la estancia de Truman Capote en la localidad del Baix Empordà. ¿Cómo?, ¿la han birlado? No está claro si la ‘evaporación’, acaecida a mediados de julio, responde a un robo o a un acto vandálico, pero, en cualquier caso, el consistorio pretende reponerla en su sitio en lo que resta de agosto. La placa, por cierto, llevaba impresa la definición que alguna vez dio de sí mismo el irreverente escritor norteamericano: “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. Narcisismo y talento iban en él muy parejos.

La chapa en cuestión estaba colocada en el rincón donde se había erigido una de las casas que acogióal autor de ‘Desayuno en Tiffany’s’(1958) cerca de la plaza de La Catifa, una viviendaen primera línea de playa derruida en 2005 para construir un bloque de pisos. Sin embargo, el lugar donde con más cariño se ha conservado el recuerdo de Capote es en el Hotel Trias, regentado entonces por Josep Colomer y su esposa, Anna Maria Kammüller. Allí aterrizó el escritor por vez primera, el 26 de abril de 1960, en plena autarquía franquista, acompañado por su secretario y amante, el esbelto Jack Dunphy, una gata siamesa, un bulldog llamado Charlie y un cerro de apuntes para acometer la escritura de ‘A sangre fría’ (1966), su obra maestra y llave de paso de la novela de no–ficción.

El irreverente escritor residió en el Hotel Trias y en dos casas del pueblo durante tres veranos consecutivos

Capote residió en la localidad ampurdanesa durante tres temporadas consecutivas, de abril a octubre, en los años 1960, 1961 y 1962. Dieciocho meses en total que el periodista y escritor Màrius Carol noveló en ‘L’home dels pijames de seda’ (Columna), pues de esa guisa escribía, generalmente en la cama y a lápiz. Carol recrea los pequeños ritos del norteamericano, sus paseos, sus compras en la hoy desaparecida pastelería Samsó —ginebra, ginger ale y aceitunas rellenas— y las visitas diarias a la librería de Pepita Soler para adquirir la prensa extranjera. Fue precisamente allí, ojeando las portadas de los periódicos, donde se enteró, en agosto de 1962, del suicidio de Marilyn Monroe, y corrió desolado a su refugio en el Hotel Trias, buscando el hombro del señor Colomer: “¡Mi amiga ha muerto!”.

El nombre de la Costa Brava, entonces un lugar prístino, casi virgen, se susurraba como sinónimo del paraíso entre artistas y anglosajones excéntricos desde el rodaje en Tossa de ‘Pandora y el holandés errante’ (1951), con Ava Gardner en su esplendor. Fue el escritor y periodista Robert Ruark —sus restos reposan en el cementerio de Palamós— quien recomendó a Capote que recalara en la localidad para concentrarse, lejos de Nueva York, de los continuos saraos con ricachones y ‘celebrities’. Tal vez por eso, porque le tocó escribir de sol a sol, su visión sobre la localidad resulta algo distante, como revela un fragmento de carta, también grabada en la placa que voló: “Esto es un pueblo de pescadores, el agua es tan clara y azul como el ojo de una sirena. Me levanto temprano porque los pescadores zarpan a las cinco de la mañana y arman tanto ruido que ni Rip Van Winkle [personaje de un relato de Washington Irving que se pasa 20 años durmiendo a la sombra de un árbol] podría dormir” .

En la librería donde compraba la prensa extranjera se enteró, en agosto de 1962, del suicidio de su amiga Marilyn Monroe 

A decir verdad, Capote llegó agotado. Apenas cinco meses atrás se había producido el atroz asesinato de los Clutter, una familia de granjeros metodistas, en Holcomb (Kansas), un suceso espeluznante que el escritor había estado investigando sobre el terreno. Tal vez se implicó demasiado. Ahí estaba el germen de ‘A sangre fría’, la más ambiciosa de sus novelas, la que lo encumbró y a su vez lo empujó a la destrucción. Su biógrafo, Gerald Clarke, asegura que fue en Palamós, contemplando el turquesa mediterráneo, donde el escritor advirtió la magnitud de lo que tenía entre manos: la novela no era solo la crónica de un crimen escalofriante, sino “la historia de una familia, gente buena y decente, asaltada y destrozada por fuerzas ajenas a su conocimiento y control. Un tema con resonancias similares a la tragedia griega, sobre el destino y la fatalidad”.

Capote estuvo a punto de adquirir la última casa que había alquilado, cerca de cala Canyers, pero su novio Jack, amante de los deportes de invierno, lo persuadió para que la cambiara por un chalet en Verbier, en los Alpes suizos. 

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