Sed de Lex (XXXVII) | Los diputados electos, ablución

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  • ARCADI ESPADA

Lluís Llach, durante su declaración en el Tribunal Supremo

Lluís Llach, durante su declaración en el Tribunal Supremo
POOL

Cuando por la mañana, después de días que han parecido años, el juez Marchena dijo: “Buenos días, vamos a continuar con la práctica de la prueba testifical”, la dulce compañía de la rutina se apoderó de mi ánimo. El juicio avanza y, aunque todavía lejos, ya se vislumbra temible el primer día sin la horma.

La mañana era al tiempo rutinaria y singular, porque no en vano estaba en el banquillo de los acusados el ganador de las elecciones españolas en Cataluña, e incluso el que ha quedado cuarto. TV3 se puso ayer muy ampulosa con esta circunstancia. Y yo no voy a ser menos al señalar la vergüenza incaducable de que 1.512.993 ciudadanos de Cataluña hayan dado su confianza a presuntos delincuentes. Es decir, se hayan hecho cómplices simbólicos de su delito, como habría sucedido si Tejero, Armada o Milans hubieran tenido la feliz idea de presentarse a las elecciones en las listas de Vox, y millón y medio de españoles les hubieran dado su voto.

Por parte de los elegidos sólo hay una manera correcta de interpretar el sentido de este voto, que es “volved a hacerlo”. Como estos llamativos personajes no han abandonado la política, ni piensan, tiene gran interés plantearse lo que sucedería si el tribunal los absuelve o los condena a penas puramente ornamentales.

El millón y medio y la absolución de Marchena daría un fenomenal ambiente español. Además del voto del pueblo catalunyés estos diputados electos han necesitado de una ley electoral absurda que permite que se presenten a las elecciones sujetos procesados por graves delitos contra la democracia.

Naturalmente les asiste la presunción de inocencia -eso que tantos políticos son los primeros en negar a cualquier imputado de la facción contraria-, pero parece razonable que llegados a la sólida instancia del procesamiento se introdujera alguna cláusula restrictiva en el ejercicio de sus derechos: no se entiende cómo habiendo prisión preventiva no hay inelegibilidad preventiva, por así decirlo. Existe la presunción de inocencia, desde luego, pero también la obligación de que la democracia no sea estúpidamente inocente.

Mientras tanto iban pasando por la Sala eslovenos, alemanes, quebecosas -esta última, pasó por videoconferencia, “preparada por nuestro buen Paco“: el único al que Marchena afecta sumisión- y hasta uno de El Prat del Lluçanés, crecidito y había por qué: nada menos que el 72,2% de los votos han sacado en el pueblo los presuntos Junqueras y Sánchez.

Como este desfile no tenía el menor interés, pude seguir con mis abluciones electorales, a la manera como el aburrido empieza a dibujar fauna y flora en los márgenes del cuaderno de notas.

Hasta me subió un aforismo del hígado al cerebro, dado los porcentajes dominantes: “El catalán es independentista por defecto”. Dediqué bastante tiempo también a la tantas veces, y tan justamente, celebrada capacidad argumentativa de la señora Arrimadas, que acababa de decir en la radio: “Nadie nos ha votado para hacer presidente a Pedro Sánchez“.

Desde luego, pensé: lo que han querido los ciudadanos votantes es que Pedro Sánchez gobierne con los independentistas. Y ya no dejé el hueso, cómo lo iba a dejar. Que probara a partir de hoy Albert Rivera a hacer funcionar el principal mensaje que ha dirigido en esta campaña contra Pedro Sánchez:

-¡Usted, señor Sánchez, ha pactado con los que quieren destruir España!

-Después de que usted se negara a pactar conmigo, mi apreciado arquitecto.

Así pasó la mañana. E iba despeñándose sin remedio la tarde. Pero Marchena anunció de pronto el nombre de Llach. Qué ilusionada expansión de los corazones. Estaba ya preguntándole Esmit, cuando Llach interrumpió:

-Por cierto presidente, con su venia, quisiera expresar que como ciudadano homosexual e independentista y aspirante a ciudadano del mundo estoy en desacuerdo con que se me hagan preguntas desde esta parte…

Esta manera gay de poner siempre los cojones encima de la mesa.

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