Torremolinos y Marbella, la memoria de la mejor arquitectura y decoración de la Costa del Sol

0
27
  • MANUEL MATEO PÉREZ

Los últimos guiños de buena arquitectura y decoración en España se dieron hace décadas, aún vivo Franco, en Torremolinos y poco más tarde en Marbella

Paseo marítimo y embarcadero del Marbella Club.

Paseo marítimo y embarcadero del Marbella Club.
M. M. P.

Los últimos guiños de buena arquitectura y decoración en España se dieron hace décadas, aún vivo Franco, en Torremolinos y poco más tarde en Marbella. A partir de ahí, como decía Picasso evocando Altamira, todo fue decadencia. ¿Les parece una provocación? A veces la historia de un lugar está asociado a un deslumbramiento que no alcanzamos a entender hasta mucho tiempo después.

En los Cincuenta del pasado siglo aquella humilde barriada de pescadores a los pies de la Torre de Pimentel comenzó a transformarse. Una década después era paradójicamente uno de los lugares más libres de Europa y un permanente quebradero de cabeza para el régimen cuyos responsables tenían orden de mirar hacia otro lado a cambio de acaudalar divisas con las que andamiar el negocio turístico en la recién creada Costa del Sol. En los Setenta los veranos aún eran una pasarela de artistas, escritores y bohemios, y en los Ochenta todo se echó a perder. Para entonces el equilibrio de fuerzas había cambiado. Ser gay, cantante pop o narrador maldito ya no estaba tan mal visto y no era necesario, por tentador que fuera, recluirse en un solo lugar. En la era fin de siglo nos dimos cuenta de que el mundo era demasiado grande para amotinarnos tan solo en la playa de la Carihuela.

Perdido su hechizo, Torremolinos y Marbella se han convertido en sendos relatos de la nostalgia. El primero más que la segunda. Antes de que el mal gusto y la dejadez aniquilaran su mito hubo un tiempo en que la vieja barriada malagueña fue lugar de ensayo de alguno de los mejores proyectos arquitectónicos de la España de entonces. En 1959, los arquitectos Juan Jáuregui Briales y Manuel Muñoz Monasterio proyectaron el Hotel Pez Espada, kilómetro cero de aquella revolución, hoy aún en activo, ejemplo del mejor racionalismo a este lado del mundo.

La planta noble corrió a cargo del francés Jean Pierre Françoise. En 2006 fue declarado Bien de Interés Cultural. El Pez Espada fue nuestro particular modo de homenajear a Le Corbusier y su Notre Dame de Ronchamp o las ensoñaciones futuristas de Oscar Niemeyer en Brasilia. Aquella reformulación del Movimiento Moderno y el Funcionalismo hallaron un solaz extraordinario que Antonio Lamela cimentó pocos años después, en 1963, cuando proyectó las torres de Nogalera y Playamar.

En 1967, Rafael de la Hoz y Gerardo Olivares pusieron en pie el Palacio de Congresos y Exposiciones y en 1971 Luis Alfonso Pagán, inspirado en las Torres Blancas de Sáenz de Oiza, levantó el conjunto Los Manantiales, conocido como las Tres Torres, uno de los más entusiastas ejemplos de vivienda en vertical, mezcla orgánica de brutalismo y metabolismo nipón.

Estilo Relax

¿Y todo aquel esfuerzo recibió algún nombre? En 1987 el artista Diego Santos propuso al fotógrafo Carlos Canal y al historiador de arte Juan Antonio Ramírez reunir en un libro, editado por el Colegio de Arquitectos de Málaga, todos los ejemplos que habían convertido Torremolinos en paradigma del denominado Estilo Relax. Ramírez, que además era malagueño, dejó escrito que el Estilo Relax fue un estilo ad hoc “espontáneo y sincrético (…). Exagera y vulgariza los estilemas de las vanguardias sin preocuparse por la ortodoxia ni por la coherencia intelectual de los resultados. Su aspiración es dejar encantado al consumidor”. El reto, por tanto, es que aquellos influjos del Movimiento Moderno hallaran acomodo en la forja, el cañizo, la cal y el barro con que se había construido aquel pueblo mediterráneo.

El nuevo orden estético trajo consigo superficies lisas, voladizos y cemente armado, escaleras exteriores, estructuras ligeras y horizontales, esculturas y murales abstractos en las fachadas, suelos de cerámica vidriada y piscinas con forma de riñón. Los alicatados de delfines, por desgracia, llegaron poco más tarde. Aún abre sus puertas en Torremolinos el Hotel Miami, notable ejemplo de aquella imbricación estética que fundió modernidad y casticismo sureño.

Torremolinos Chic

Hay una página web que resume aquel Torremolinos que todavía nos remite a la nostalgia. Es una creación de José Luis Cabrera y Lutz Petry que lleva por nombre Torremolinos Chic y que reúne a los personajes que internacionalizaron el nombre de aquella barriada que acabó por segregarse en septiembre de 1988 de Málaga. La web acoge las imágenes de los edificios más notables, algunos de ellos protegidos, álbumes de familias conocidas, postales de época, tipismo chic, trajes de baño, peinados y atrezzos de un mundo que ya solo vive en las amarillentas estampas de nuestra memoria. Cabrera y Petry sostienen que la Transición fue cultural antes que política y que se inició en Torremolinos. Y es posible que estén en lo cierto.

La mejor arquitectura y decoración se cimentó en un tiempo en que las ciudades españolas destruyeron su arquitectura tradicional en favor de un desarrollismo hortera de la que no escapó ninguna capital de provincia. Toda ciudad tiene su iglesia, su tonto y su especulador inmobiliario. Basta con echar un vistazo a las firmas que adornan las urbanizaciones que crecieron en las primeras zonas de ensanche de aquella lejana década de los Setenta para desvelar el nombre de los culpables.

En aquellos años, la Nacional 340 se convirtió en la carretera española con mayor vocación universalista. La modernidad no acabó de cuajar en Benalmádena y Fuengirola, pero halló en Marbella un sofisticado modo de expresarse. Ricardo Soriano y Alfonso de Hohenlohe sobre todo aquilataron un modo diferente de mirar el mundo. Torremolinos siempre guardaba un humilde catre para un escritor maldito (y pobre), pero Marbella se blindó frente a los chinches y solo permitió la entrada de escritores malditos (con dinero). Solo un populista de izquierdas criticaría esa selectividad porque lo cierto es que ese modo de actuar protegió Marbella del mal gustó y la masificación a la que sí sucumbieron otras localidades vecinas. No hay grandes ejemplos de arquitectura (está el brillante Don Carlos y las líneas limpias de Los Monteros o Torre Real), pero sí hubo un extraordinario lenguaje decorativo pontificado por Jaime Parladé que, desde su casa de Alcuzcuz, en los altos de Benahavís, puso en pie una obra que determinaron las grandes casas recostadas a los pies de Sierra Blanca. Eddie Gilbert, uno de sus seguidores, trasladó ese buen gusto al proyecto de Villa Padierna, el sueño hotelero del empresario y coleccionista de arte Ricardo Arranz, viudo de Alicia de Villapadierna. Marbella es un busto romano, un patio perfumado por un galán de noche, una pared recubierta de cal y un horizonte de mar azul y quieto. A veces mimbres tan sencillos son capaces de enaltecer la mejor arquitectura y decoración que jamás hayamos soñado contemplar.

Conforme a los criterios de

The Trust Project

Saber más

Fuente

Deja un comentario