Viggo Mortensen completa con ‘Falling’ el debut más anárquico, enfurecido y hasta genial

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Festival de San Sebastián

  • LUIS MARTÍNEZ

    San Sebastián

Actualizado

El actor, que recibe el Premio Donostia a toda una carrera marcada a partes iguales por ‘El señor de los anillos’ y su fervor por el cine independiente, se estrena como director incatalogable

Lance Henriksen y Viggo Mortensen en un momento de 'Falling'.

Lance Henriksen y Viggo Mortensen en un momento de ‘Falling’.

No es lo mismo la esperanza que lo esperable. Obvio. Que Viggo Mortensen, el último Premio Donostia, decida ser director de cine es, hasta cierto punto, esperable. Al fin y al cabo, estamos delante de la estrella (eso es, lo quiera él o no) más atípica que pisa Madrid, Hollywood y el ancho mundo, incluida la Tierra Media. Que a un poeta de verso libre, pintor abstracto, músico experimental, fotógrafo analógico, viajero políglota, hincha del San Lorenzo de Almagro, editor de rarezas, activista político desconsolado y hasta actor metódico; que a alguien que es todo eso, decíamos, le surgiera la vocación de dirigir una película tenía que pasar. Aunque fuera tarde (pronto cumplirá 62 años). Es más, dado cómo es él, tenía por fuerza que ser tarde. Y de todo lo anterior, por tanto, no queda otra que la esperanza de que ‘Falling’, así se llama su película, fuera cualquier cosa menos lo que comunmente se entiende por esperable.

Falling‘ es, por definición, inclasificable. Caótica, anárquica, violenta y tan cerca por momentos del melodrama clásico como lejos de cualquier narración también clásica estructurada en tres actos. Es una película pensada para desconcertar desde un tiempo por fuerza desconcertante. Es Viggo Mortensen.

La película cuenta las industrias y andanzas de una familia canadiense tipo Medio Oeste americano de toda la vida según el modelo de ‘Las correciones’. En el centro, la relación de un padre misógino, brutal, homófobo, machista y muy cerca de la demencia, y un hijo liberal, conciliador, gay y de una sensatez a un paso de la simple locura. El primero es un Lance Henriksen desproporcionadamente genial y el segundo, el propio Mortensen. El relato avanza y retrocede en una espiral de recuerdos y emociones que no atiende a más lógica que su propia y necesaria insensatez. Lejos de ‘Falling’ el cargante estándar de una línea temporal salpicada de ‘flash-backs’ explicativos.

Por momentos, la sensación es la un remolino que absorbe la narración como si se tratara del mimísimo Maelström. A ratos, todo obedece a un bastante más pedestre código melodramático de sobremesa dominical. Y es ahí, en la ausencia de normas, en su desprejuiciada y feliz renuncia a los códigos (desde lo pretendidamente refinado a lo más obviamente vulgar, todo cabe), donde la cinta acaba por encontrar un extraño acomodo tan peculiar como seductor. Sin renunciar, claro está, al sano ejercicio de incomodar. Que es de lo que se trata. Nada es ajeno a una película que por no evitar no deja pasar la ocasión para un chiste escatológico con el propio David Cronenberg en el papel de proctólogo.

Nada más nacer el hijo, no necesariamente deseado, el padre le pide disculpas por traerle al mundo. Y es esa bienvenida con aspecto de maldición la que da la pauta. Se trata de investigar el lazo que, a pesar de todo y contra todo, une a un padre y a un hijo. Henriksen encarna la figura patriarcal que hace del abuso su manera de estar en el mundo, de relacionarse, de, y esto es lo que cuenta, incluso de amar. De amar mal, pero amar al fin y al cabo. Su brutalidad es su defensa y su condena. Cuando le alcance la demencia senil, entonces todo juicio moral queda suspendido. La responsabilidad se diluye en la más evidente enfermedad.

Falling‘ evita recetas. Su objetivo no es tanto el personaje particular del padre como la figura mucho más abstracta e inasible del patriarcado, del padre como institución y rémora.Falling‘ hace suyas cada una de las dudas de sus personajes y las convierte en materia misma narrativa y cinematográfica. ‘Falling‘ esconde la posibilidad de una moraleja en cada uno de los recovecos de una historia que no se deja resumir ni, dado el caso, contar.Falling‘ es la película de un debutante que siempre se ha negado, independientemente de la ocupación u oficio, a dejar de ser debutante.

El resultado es una película perfectamente viva que se etiqueta mal. Es una película construida sobre la esperanza de vencer el miedo a equivocarse; levantada sobre el miedo a no cumplir con lo esperado. Y ahí, en el equilibrio imposible, una película anómala y feliz. Y profundamente turbadora.

Decía Spinoza que no hay esperanza sin miedo, ni miedo sin esperanza. Al fin y al cabo, estos dos sentimientos son el mecanismo más poderoso de la peor esclavitud, que es la esclavitud autoimpouesta. Para que el miedo surta efecto ha de ir acompañado de esperanza; y para que la esperanza tenga sentido debe llevar consigo el miedo a perderla. Mortensen lo sabe. Y lo sabe no tanto como político sino como artista, esperanzado y con miedo, empeñado en huir de todo lo esperable. Un merecido Premio Donostia, sin duda.


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